Suavemente enigmática. Como el profundo negro de tus ojos y tu pelo.
Las paredes lisas, tibias, altas. Blancas.
Las columnas, como huesos lijados.
El interior, serio, pero acogedor.
Y sobre el piso de duela oscura, los polígonos ordenados, azul pálido, que la luna dibuja en una de ésas noches hondas, como su silencio.
Entre sábanas ligeras, tu silueta. Curvilínea. Sólida.
Envuelta en sombras negras, los pliegues que tu ropa para dormir, ropa común, convertida improvisadamente en un guiño al erotismo. Tu cuerpo despreocupado y pícaramente tendido, como un guiñapo juguetón. Dispuesto para recibir algún cómplice travieso.
Atendiendo a alguna necesidad que ahora no recuerdo, tuve que levantarme de mi lecho y la única manera de salir, era moviéndome sobre tí. Levitar sobre tu cuerpo él en una especie de acrobacia forzadamente sensual, en la que queriendo y sin querer ponía atención a todo detalle de tu cuerpo: su aroma, su calor, su aura. Su sensualidad.
En un parpadeo, estaba yo recostado junto a tí, mirando ésos ojos grandes ocultos tras unos párpados coronados con pestañas tupidas y largas como la crin de algún caballo jóven. Algunos movimientos después, desnudábate nerviosamente para gustar de las sales de tu cuerpo, de tus cavidades tibias.
Y así, transurrió la noche mientras entre gimoteos y fruncires de cejas, me decías sin palabras: "sigue, no te detengas".
Sigo enamorado de la mujer de narinas enormes y mente sacada de una licuadora con revistas viejas de arquitectura, folletos de museos, restos de fonógrafos y el pasaporte de algún millonario que ahora está retirado o hasta muerto.
Es la mujer más extraña que he conocido, y la más atrapante.
El consuelo que yace, es haber besado ésa boca maravillosa y haberme llevado tres mordidas en mis labios de sus dientes blancos, bellos e indóminos como su carácter.
"Venimos andando con un ritmo amigable y conocido. Nuestro andar se desdobla para ver sus propios tonos pardos. Se mira. Se mantiene, y ha mantenido constante. Nada cambia. Acaso uno u otro sesgo, o contratiempo que nos embate, y al ritmo que se va viviendo, se siente como un .
Cuando al cabo el mismo ritmo parece cansarnos, pisamos más fuerte. Enfatizamos para estar seguros de lo que sucede. Aún nos damos tiempo de mirar con calma, y atendemos el suave llamado de los detalles que todavía suceden en torno nuestro: de tí , de mí, de lo que somos. Un nosotros, que parece estar iterando un ciclo plano, llano, que si bien no es incómodo, tampoco resulta inquietante o atractivo. Apelamos con fuerza a aquello que nos mantuvo ardientemente unidos, sin cambiar significativamente el andar rítmico, pausado y más bien apacible de éste camino. Andamos y sin emoción ni desconfort, las cosas siguen igual. Cobijamos con pequeñas improvisaciones lo nuestro. Queremos despertar, reactivar éso que somos tu y yo, obtener éso que en un princicpio lucía deslumbrante, y sin embargo, a pesar de todo se mantiene así: felíz, confortable, conocido.
Y al final, andamos al mismo ritmo."
Ésta entrada pertenece a una serie de cuatro elementos, los cuales están escritos con producciones generadas mientras se escuchaban las piezas musicales que acompañan cada texto. Describen en la medida de las capacidades del autor, las interpretaciones que éste hizo acerca de aquel concurrido ente emocional, con base en los matices musicales expresados por la compositora Natalia Lafourcade.
"Está ahí. Desde antes de que comencemos cualquier reacción o iniciativa.
Luego despierta, con guiños de luz. Brilla, juguetea. Más adelante nos da un empujoncito, que nos pone en marcha. Existe un balanceo, suave, armónico, que nos lleva a una cuenca donde la emoción crece, resuena y en un momento se vuelve un sonoro rugir de la cascada de sentimientos para la que, río arriba, encontramos una vista plácida, bella, clara. Un lugar donde la estancia es tibia, reconfortante. De a poco, crece la belleza del lugar, mientras se colorea y habita de diamantinas vívidas, que son ideas, sueños; coqueteos de futuros inciertos que a la vista del corazón, son tan macizos como la vida misma que late, suena y nos envuelve.
Más tarde, en introspección, notamos que siempre ha estado ahí, debajo de todo, ése étereo sintonizar de nuestra alma con el alma misma de aquel otro ser humano que sin verlo, se comunica con nosotros para encontrarnos un día, y completar ésta experienca vital que sólo el amor ofrece.
Y siempre, permanece ahí."
Ésta entrada pertenece a una serie de cuatro elementos, los cuales están escritos con producciones generadas mientras se escuchaban las piezas musicales que acompañan cada texto. Describen en la medida de las capacidades del autor, las interpretaciones que éste hizo acerca de aquel concurrido ente emocional, con base en los matices musicales expresados por la compositora Natalia Lafourcade.
"Es melancólico, reverberante, solitario. Errante, en apariencia incompleto, y comtemplativo. Se acompaña de más meancolía y se hilan –de alguna forma– direcciones con un sentido que, aunque quizá invisible al principio, es innegable su rumbo.
Así aparece un ritmo que nos desplaza de la apatía estática de una incógnita, a la caminata resolutiva, autoanalítica, crítica y en ocasiones despiadada de sí mismo, del otro y del nosotros.
Más tarde llega el miedo, encorazado en ira: Ésa energía destructiva que se lleva, incluso, a nosotros mismos a rastras, en un atropello ciego y despiadado. Visceral y crudo, fuerte, sonoro, explosivo y ácido.
Así agotamos toda fuerza, que ni al llanto alcanza a empujar.
El resurgimiento viene entonces, desenfadado, débil, pero limpio. Claro, ligero, renovado. El andar y los ojos adoloridos, por la luz que al atrevernos a mirar hacia afuera, lastima como si fuera la promera vez.
Una caminata, nuevamente, de observación al pasado, pero sin detener el avance hacia el futuro. Un emerger de aquél banco nebuloso, gris, azul, índigo y profundo. que remanece*, como en el fondo del envase espiritual."
*remanece - Permanecer sin alterar los alrededores, indeleble y no permeante. Palabra inventada.
Ésta entrada pertenece a una serie de cuatro elementos, los cuales están escritos con producciones generadas mientras se escuchaban las piezas musicales que acompañan cada texto. Describen en la medida de las capacidades del autor, las interpretaciones que éste hizo acerca de aquel concurrido ente emocional, con base en los matices musicales expresados por la compositora Natalia Lafourcade.
Es negro, es azul –profundo a lo grande–, es un vaivén.
Se cominuca conmigo a través del aire, vuela el velo, me atraviesa como ésa suave brisa de neutrinos de la que hablan los locos...
La escencia de un espíritu se mueve a través de la música. Sintoniza con nuestra frecuencia innata cósmica, nuestro canal al infinito del que formamos parte. Con el que compartimos escencia.
Déjese llevar, como la brisa sobre el mar.
Se comunica conmigo. Está aquí, en mí. Me habla y se mueve conmigo. Y a veces, hasta se vuelve yo.
[cadena de ideas producidas mientras escuchaba "Las 4 Estaciones del Amor" de Natalia Lafourade]
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En la coincidencia de nuestras frecuencias. Al momento. En la sal de tu cuerpo. En tus labios arrugados. En tus labios resecos. En tus senos turgentes. En tu cintura estrecha. En tus adentros húmedos y tibios. Pareció un sueño, hasta que miré aquel sofá: topologías peculiares de nuestros cuerpos. Arroyos exfoliados y arenas erosionadas con el roce de nuestra piel. Geografía para cómplices improvisados.
Tomé una ducha. La necesitaba desde antes dormir ésas tres horas que nos dejamos libres. A pesar de haber empapado mi cuerpo en agua fría, al cabo de tres minutos de salir del agua, mi piel ardía. ¿Qué sería?
¿El whisky?
¿El vodka?
¿El tequila?
El calor que desde la noche anterior ahora desbordaba por mis poros.
Y ahora no dejo de pensarte. Qué creemos. Qué sucedió anoche. Qué sigue. Qué haremos. Porque es un asunto de dos (inclusive, tres). Y no podemos dejar las cosas así.
Estoy en uno de ésos momentos en que no puedo expresar cómo extraño a alguien de tal manera que se note. Que se sienta.
No puedo expresarlo, porque sucede que no la extraño todo el tiempo. Sucede que la extraño sólamente sólo. Pero algo me detiene al querer hacérselo saber. Algo me detiene a expresarlo. Típica reacción fría, y racional: al saber que a uno no se le extraña, para qué decir te extraño sino es recíproco. Y más aún, si a quien uno extraña, resulta estar extraña a otros muchos más.
Y sin embargo, en el día nunca me hace falta, hasta que noto que a ella le hace falta alguien y no he estado ahí. Una relación con un tercero (que no tendría porque intervenir en lo que siento por ella) me impide sin embargo incluso hasta acercarme. La culpa de no cumplir con mi palabra me separa de todo lo que no quiero ser frente a ella. Ergo, no me presento. Ni en mensaje.
Y ésta distancia me recalcitra. Se come mis ojos que no lloran porque mi mente no le encuentra sentido, pero arden porque la contención del llanto ha sido extenuante.
Qué simple sin embrago, sería madar un pequeño, mensaje. Un detalle. Y trozar el silencio para decir "te extraño". Y creer que me pueden creer. A pesar de la distancia, del temor. De la debilidad de reconocerme ante ella como soy. Un pobre diablo sin palabra ni voluntad.
Y a pesar de todo algo he aportado a su vida. De manera que aunque lejano, no me siento ajeno. Aunque ausente siento un hogar en su corazón, cálido. Apartado, únicamente para mí.
Aunque bien dice el dicho: No se puede vivir de glorias pasadas.
En silencio, en éste fondo negro (literal y figurado) lanzo al vacío el susurro que ha de llegar a ti de una u otra forma: "Te extraño )z.".
Cubridme con ésa tela blanca. Me parece que ha sido impregnada con aquella escencia que de tanto agrado mío es.
Cúbreme, tú y todos tus poros, todos tus vellos, todas tus grecas intrincadas y exquisitas de tu piel.
Venid, acercaos y tocadme. Huellas dactilares, posadse sobre mis labios para que os bese a cada una. Permitidme la oportunidad de degustar vuestro sabor. Sois provocativas y me encantaría provocaros para que toqueis más de mí.
Acercaos. Venid y postradse en mi frente. Hacedme soñar con ella, vuestra soberana y fascinante empereatriz. Colaborad para unirme con ella; aquella alteza vuestra.