lunes, 6 de octubre de 2014

roseus

Alegre.

Risueña.

Suavemente enigmática. Como el profundo negro de tus ojos y tu pelo.

Las paredes lisas, tibias, altas. Blancas.
Las columnas, como huesos lijados.
El interior, serio, pero acogedor.

Y sobre el piso de duela oscura, los polígonos ordenados, azul pálido, que la luna dibuja en una de ésas noches hondas, como su silencio.

Entre sábanas ligeras, tu silueta. Curvilínea. Sólida.
Envuelta en sombras negras, los pliegues que tu ropa para dormir, ropa común, convertida improvisadamente en un guiño al erotismo. Tu cuerpo despreocupado y pícaramente tendido, como un guiñapo juguetón. Dispuesto para recibir algún cómplice travieso.

Atendiendo a alguna necesidad que ahora no recuerdo, tuve que levantarme de mi lecho y la única manera de salir, era moviéndome sobre tí. Levitar sobre tu cuerpo él en una especie de acrobacia forzadamente sensual, en la que queriendo y sin querer ponía atención a todo detalle de tu cuerpo: su aroma, su calor, su aura. Su sensualidad.

En un parpadeo, estaba yo recostado junto a tí, mirando ésos ojos grandes ocultos tras unos párpados coronados con pestañas tupidas y largas como la crin de algún caballo jóven. Algunos movimientos después, desnudábate nerviosamente para gustar de las sales de tu cuerpo, de tus cavidades tibias.

Y así, transurrió la noche mientras entre gimoteos y fruncires de cejas, me decías sin palabras: "sigue, no te detengas".

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